Sinamaica cobija en sus aguas a un pueblo detenido en el tiempo, en ella se levantan los pilotes que construyen un horizonte de palafito y manglar. El tiempo no existe como si hubiese sido víctima de un hechizo impuesto por su laguna desde aquel día donde los barcos llegaron  llenos de exploradores y fueron recibidos con este paisaje majestuoso: un bosque encantado, la serenidad de la naturaleza que alza a una ciudad entera, una Pequeña Venecia. 

Así Sinamaica fue la puerta de los conquistadores que inspiraron el nombre de un país, mas hoy queda en sus aguas un lugar de fantasía, un mundo propio, lejos de la realidad del resto. Lleva sobre su laguna historias que conjugan la nobleza de un pueblo, la inocencia de aquel que vive por la Pachamama sabiendo que ella los cuida de vuelta.

José ríe cuando el peñero se voltea y tira a los demás pescadores con él, se levanta con sus redes y le pide a su laguna que lo alimente, toma sus pescados y los va repartiendo a los vecinos. El pescado se multiplica y cada día ocurre el milagro. 

Rita toma el pescado con su niño en brazos, sonríe, va pensando como irá a cocinarlo esa tarde, coloca a su cría en el porche y este juega con el agua en sus pies. Llegan más niños, más madres, la solidaridad de un pueblo entero, una comunidad alejada de la muerte. 

El pequeño Benito se enfermó, lo llenan de hojas que la vieja Remedios prepara. La enea con salvia, la miel de las abejas con el lodo del norte de la laguna y una que otra cosa mas se coloca en su frente… y el pequeño Benito se siente mejor, ya mañana volverá a jugar con su pelota en el agua.

Marta contaba que su lejanía no era ignorancia. “Tengo mi ventana al mundo, un pequeño televisor que me enseña lo que hay después de este lugar olvidado por algunos. Es un lugar invisible -dice- pero es preferible así”. 

Es posible llegar a la felicidad en un barco de madera, pensaba Juan, “El agua canta conmigo, las garzas me acompañan y Dios se manifiesta en cada rincón de esta ciudad que se encuentra sobre sus hombros, lejos del ruido y la furia, cerca de alma y el espíritu crece como el río. Soy solo un hombre al servicio de la naturaleza”.

Los tiempos trajeron el hambre y la miseria a las ciudades pero no aquí. Sus habitantes entendieron de la fortuna de lo simple. El agua bautiza las cabezas, brinda alimento, juega con ellos, los hace sus hijos y como sus hijos no los defrauda ni los abandona. En el último lugar del mundo encontré en sus ojos la alegría sencilla que para muchos, ya estaba.

Escrito por Andrea Molero

Fotos por Ernesto Pérez / Ig: @revistanow

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