Catálogo de Aperitivos Literarios. Compiladores de mentiras y ficciones de toda índole.
Información: canibalismosletras@gmail.com

Twitter: @canibalismos
Instagram: @canibalismos
Facebook: Canibalismos
Web: www.canibalismos.wordpress.com

 

Carne Virgen

Marie M. Wichita

 

En los escondrijos de mi sangre está el hambre, tiñendo de malva mi propio reflejo en el río. Fue así como engullí a la humanidad entera: tragando el agua que bajaba en corrientes heladas desde la montaña, la misma montaña donde sacrificamos, cada mes, a la virgen más lozana, dulce, suave, de alguno de los pueblos aledaños.

En la noche -y en su espesor negligente- los gritos buscan refugio, los gritos brotan como bombeados por algún potente órgano zurdo, los gritos se escapan desde las venas, desde lo tibio. La luna nos dice cuándo es el momento en que la carne debe doblegarse en la oscuridad de la luna muerta. Seguimos fieles sus designios. Por eso, cada treinta días, nos volvemos a encontrar en la llanura que huele a quemado. Nos vemos desde la distancia como arbustos espinosos que desplaza el viento, siempre hirviendo. Y arriba, como redentora de nuestra hambre: la luna, que ya no refleja la luz del sol, sino que la quiebra como la mano de piedra tapa todo brillo y escondrijo. En la llanura me iluminan sólo las antorchas reunidas y las estrellas, hace mucho asesinadas.

Y el humo crece y asciende en movimientos invariables. Y lo mismo ocurre con el cuerpo, con la carne que se cuece con el fuego de nuestros -así los oí ser llamados hace mucho tiempo- pecados. Luego del humo febril se reparte la carne blanca, blanda, mientras el pasto de la montaña se va incendiando hacia el alba, lleno de huesos, pintado con sangre seca, oscurísima y leve.

La carne virgen se deshace bajo mi lengua y tiene un gusto agrio.

Y mi boca es también mil bocas; y mis mil bocas muchas veces olvidan cómo pronunciar, cómo aullar hacia lo alto. Es la carne virgen la que me mantiene múltiple. Es así como amanece color malva. Es -y fue- así como tragué, como tragamos a la humanidad entera. Deseo -pero no siempre- que se repita, que se repita, que se repita, que se repita como la corriente de agua vertical, que soy yo mismo cayendo dentro de mí, que es todo cayendo dentro de todo,
que es nada
diluyéndose en
nada.

 

Cacería

Daniela Fuentes

 

Era nueva en la cacería cuando lo conocí. Lo vi tan bello, tan brillante, tan perfecto, que no dudé en acercarme a él. Pude notar su interés en mí, en una pequeña criatura indefensa, gris, opaca e inocente. Una pequeña criatura cegada por la luminiscencia de aquel espécimen maravilloso que, por alguna razón que no podía explicarme, se abría camino hacia mí, ignorando otros seres indudablemente más llamativos. Me regaló sus colores, me habló de sus experiencias, me prometió que, a su lado, no tendría nada que temer: él no era como los otros cazadores, él era un cazador bueno, y aunque según él, yo era una presa fácil, jamás sería capturada si permanecía a su lado. Seguridad, certeza, firmeza. Demasiado tentador, demasiado apetecible, irrechazable.

Al principio estaba segura de haber tomado la decisión correcta al entregarle mi confianza. Todo iba según sus planes: me sentía invencible, impoluta, virtuosa. Pero entonces, cuando ya me había convertido en la mejor versión de mí misma que había existido jamás, empezó a devorarme. Sentí cada mordisco arrancándome, poco a poco, partes de mi alma. Calmó mi desesperación con palabras vacuas, es normal, está bien, siempre es así. Y estaba tan seducida que quise creerle, me obligué a creerle. Me convencí a mí misma de que las únicas verdades que existían eran las suyas y que, a fin de cuentas, yo seguía siendo una presa fácil y él un cazador bueno.

El tiempo pasó y el cansancio aumentó. Él estaba cada vez más hinchado y yo cada vez más vacía. Me había convertido en un rompecabezas cuya imagen original era imposible de definir por la cantidad de piezas faltantes. Se tragó entonces el último pedazo y, con el, lo que me quedaba de vida. Cuando yo ya no era más que un ser que existía sin razón, vomitó. Y entonces la vi, mi alma, las piezas del rompecabezas esparcidas a mí alrededor, y a él como lo que de verdad era, un cazador despiadado. Entonces fui consciente de todo desde el principio, comprendí las mentiras, los engaños, y lancé mis garras a su cuello, dispuesta a devorarlo, a demostrarle que la presa se había convertido en cazadora. Pero no lo hice.

Me detuve en el preciso instante en el que asimilé que no existen presas ni cazadores, que no somos más que depredadores, que esto es un juego de roles y que de ti depende decidir cuál papel eliges. Le sonreí, agradecida, y, sola, rearmé mi rompecabezas.

Te vi entonces. Tú también me viste. Deseé que me devoraras, tú también lo deseaste. Me volviste a ver y, nuevamente, me lancé a la cacería.

Guatire, 4 de octubre de 2015

 

Corona 20 (15/12/’12 Aprox. 4:00)

Ricardo Sarco Lira

 

Esta noche en el monte

a la bacanal descalza me entrego,

(bien planchadas las pieles).

Entregada a mis fauces la carne,

a jirones desecha

me saboreo a mí mismo repetido.

Siento la vida cálida en los dientes.

 

Lonerismo.

Reynaldo Márquez

 

M.,

Después de todo somos fuego, ese fuego que desde el principio lo devora todo y lo devorará todo hasta que llegue el gran crujido del que será testigo nuestra carne transmutada porque he visto cómo la luz del atardecer se alimenta de una lejana estrella moribunda, nuestros ancestros, para dejar como sobras la noche y eclipses lunares que se parecen a tu risa. Veo como se piensa que este proceso es diferente al que practican tribus perdidas en las planicies de África –sexy in their dark skin–, cuando las llamas de sus hogueras chamuscan la piel de misioneros y exploradores de ridículos penachos. O sobrevivientes de aviones estrellados en los Andes, quienes llevan a sus compañeros en el estómago y uniformes atorados en los dientes porque cruzaron una frontera y se comieron la verdad; en ese lugar, los dedos de una mano se digirieron para buscar calor en el recuerdo de una despedida y lo encontraron en el de una isla desierta.

M. Esos gustos culinarios que pensamos salvajes es consumir al tiempo, a los nacimientos, a las calles con sus autobuses y sus pasajeros y sus audífonos que reproducen un playlist vacío. Ese es el fin que persiguen estas letras antropófagas porque te escribo con los huesos, con la carne y el vértigo de una caída.

El blues termina al oeste donde las olas devoran olas y las sombras reflexionan, bajo las palmeras, sobre los haikus que encierro en botellas rotas de ron y que recoges mientras te sangran los dedos. Esa sangre fue el mediodía para una solitaria hoja en un pedazo de hielo flotando en el espacio; para un grano de arena que terminaría atravesando la delgada línea azul y que pisarías, con Rose entre tus brazos y postales en tu pecho que te habrían enviado desde Boston. Pero M., recuerda que para ese grano de arena alguna vez fuiste cosmos y lo sigues siendo. Después de todo somos fuego.

La Pompadour

Vanessa Mendt

 

La sangre corría hirviente, se deslizaba fácil y brillante sobre la piel de sus labios y su cuello, donde la carrera de la vida se dilucidaba, roja y azul. De entre sus dientes, extraía tesoros (cabellos, uñas, pellejo) que ella observaba asqueada unos minutos, para luego ir a perderse entre las cartas, las notas, y las facturas y los libros. La sangre corría todavía caliente, pintando sus labios de carmín y se iba a secar en sus sábanas y su ropa; también bajo sus uñas, que adquirían un color otoñal (naranja, marrón tierra o un bellísimo vinotinto, muerto). “¡Qué niña tan dulce!” exclamaban todos. “Hunde tu dedo meñique en mi café, sonríe, extiende tus brazos y enrédate en mi cuello. Bésame profundamente, posa sobre mí tus ojos de chocolate, niña dulce y frágil”. La sangre caliente le provocaba momentáneamente náuseas, al igual que el necesario y delicado mordisquear y succionar en los dedos delgaditos de los pies. Las orejas, sin embargo, fueron un extraño festín de carnosidades y caminos intransitables, que ningún dedo o ningún minotauro hubiera podido escapar. Sus labios fueron mil veces besados por la superficie fría antes de ser arrancados: Nunca por un amor voraz, desgarrador y caníbal, no. Solo por ella y el silencio que emitía el espejo. Solo mordidos por sus propios dientes, besos digeridos por su propio cuerpo, ahora desnudo, abierto al fin al mundo, herido. “Eres dulce, queridita. Hunde por favor tu dedo meñique en mi café”. Ya sentía el mareo, la aproximación de la inconsciencia, del espacio absoluto, absolutamente oscuro, silencioso, la nada. Sus ojos no eran de chocolate y sus meñiques no endulzaron por ningún instante su boca, que conservaba solo el sabor de la sangre tibia y el amargo desprendimiento de la ilusión. Continuaba comiendo, vísceras oscuras, repulsivo espectáculo. Aunque ya con los ojos casi cerrados, se despedía del espejo, sin labios, sin orejas, sin pies, todo había sido devorado. Qué extraño el sabor del cuerpo propio, qué particular el desvanecimiento lento, aunque la sangre corriera.

  • Pin this page
  • Share this on WhatsApp
  • Share this on tumblr

comments