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Catálogo de Aperitivos Literarios. Compiladores de mentiras y ficciones de toda índole.
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Instante

Álvaro Guijarro, (Madrid, 1990)

Escritor de poesía y fotógrafo. Autor de “Travesía sensible”.

 

Estoy disuelto, el cuerpo piensa, cuadrado es

el hada de mi fábula en temblor

cuando la orquesta ríe

embarazando el escaparate innato de mi afecto,

y no es complejo: blanco sí, negro sí,

y dos

el terreno de mi hondura.

Hace segundos que no lloro en los trapecios,

vasto sueño ígneo con grietas al confín

tan pacífico como el silencio nuevo,

tan avaro que dudas nunca son

las causas de mi flexo azul,

y no he llorado, ya que mis lágrimas existen

por salvarme, y que toda harta presunción

descanse en los anillos de un planeta

con animales en mudo flotar,

gestos que sinteticen la existencia,

vocabulario rasgado por diamantes

o mi alfabeto aprese al sentir de la nostalgia

viva, ya atleta de otras lágrimas

y no tan a favor de la constancia

sin concepto del fin.

Hogar, y muebles con altares

insinúan mi paso por las páginas

en el principio de las flores,

que hoy inflo desde un tren

con carisma de pájaro rumiante

y lúcidos enseres modulares,

hinchados en el albor de mi mente

para reunir su excelencia escondida

y parecer un hombre más,

una sombra más provocada por la luz

tras el virus del manzano mortal.

instante

Pafuncio

Adrián Sandoval, Estudiante de Letras, UBA

 

Pafuncio cuelga de una barra de ejercicios en el parque. Se sostiene con ambas manos, ambos brazos, sin hacer ningún esfuerzo. El mundo ocurre debajo de sus pies. Los hombres (y las mujeres también) van a sus trabajos, los niños quedan en colegios católicos y privados o en colegios laicos y privados o públicos sin ningún control. Los viejos quedan donde sea que quedan los viejos.

Pafuncio cuelga. Las nubes sobre su cabeza transitan el firmamento sin parar, vientos alelos, si es que así se pronuncia o escribe, mueven su blancura sobre el azul. Pafuncio tiene suerte porque es primavera y el cielo se presenta a sí mismo celeste, los fuertes vientos del invierno son historia, exceptuando ciertos momentos de presencia que recuerdan que nunca se van a ir, que siempre van a volver. El sol brilla de amarillo y blanco para recordar que va a estar ahí mucho después de que ya no haya hombres sobre la tierra, mucho antes de que apareciesen los hombres sobre la tierra.

Pafuncio cuelga en esa barra, sus manos flacas y sus brazos como fideos cargando con todo su peso. No habla. Solo está allí. Tiene los ojos cerrados y una sonrisa contenta, la sonrisa de alguien que acaba de comer un almuerzo que lo dejó satisfecho, no lleno y gordo, sino con el hambre saciada.

La gente va y viene alrededor de Pafuncio. Lo ven allí colgado. La primera centena en verlo solo lo considera otro loco de la ciudad (siempre sobran). Las centenas de pasajeros de la acera empiezan a multiplicarse mientras pasa el tiempo. Empiezan a preocuparse. Se llama a la policía a ver qué pueden hacer. Intenta bajar a Pafuncio de su barra, allí con sus brazos como fideos colgando, sus piernas flacas envueltas en un blue-jean, encorvadas.

Nadie puede moverlo. A pesar de las amenazas, los empujones, Pafuncio no se mueve.

Pasa el tiempo (solo horas) y las autoridades se rinden. No tardan en aparecer los hippies. Idolatran la presencia de nuestro colgado como una protesta contra todo eso que los rodea pero de lo que no pueden escapar. Cantan canciones, hacen círculos de tambores, fuman monte, encienden inciensos. Pafuncio no reacciona ante ninguno de ellos, de la mismamanera que no reaccionó ante la “autoridad”. Ojos cerrados, sonrisa contenta.

Aparecen los turistas. Las noticias del hombre que cuelga se han propagado por todo el país, noticieros mañaneros que nunca hablan del mundo real. Selfies, fotos en grupo, poses fotográficas. Retratos para Instragram, para Facebook, para Twitter y todas las otras redes sociales.

Eventualmente el misterio se convierte en rumor. Los niños del barrio empiezan a crear sus propios pequeños mitos de aquella figura flaca, pálida, vestida de rayas coloridas que solo cuelga, que no se mueve con el viento y que solo está. Los más pequeños, usualmente los más valientes, se acercan a intentar sacar reacciones de esa figura estática que cuelga. Al no recibir ninguna respuesta visible vuelven con sus amigos y se inventan cualquier cuento de ver una reacción o escuchar un mensaje secreto en el silencio.

Eventualmente la gente deja de prestar atención. Los noticieros, los niños, por igual, se aburren de esa figura inamovible, colgada de las barras del parque de la cuadra. Eventualmente la vida sigue. Nadie presta atención. Nadie ve como la barba empieza a crecer en el pálido y plano rostro de Pafuncio, nadie ve cómo las manos que se aferran a la barra sin ningún esfuerzo empiezan a mostrar arrugas, cómo resaltan las venas. Nadie está presente cuando cae, sin hacer ningún sonido, con el peso de una pluma, muchos, muchos años después de su primera aparición.

panfuncio

Las manos del Diablo
María Alejandra Colmenares León. Estudiante de Filosofía en la UCV y de Letras en la UCAB

 

Con la lluvia

todas las raíces se desengarzaron de la tierra,

se elevaron clamando intempestivas

entre venados y lobos,

los giros de la hojarasca.

Las manos del diablo brotan

aplauden en las copas arboledas

el mal punzante

la naturaleza putrefacta

puyándonos las plantas

cuando nos desnudamos rendidos sobre ella.

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FRAGMENTO

Juan Pablo Rodríguez. Detective. Errante. Coleccionista de naufragios

 

– ¿Bueno, mamaguevo?

Tenía la barba mojada. Hedía a Tazón, anís y días encendidos. En sus ojos, un soplo de preocupación. Solo entonces asomé lástima.

– Dame esa mierda, ¿quieres que te escoñete?

Fue un regalo. “Pa’ que no te dejes joder”, dijo mi tío. Tenía el mango pulcro. Imitación de marfil, pero del bueno. Estaba gastada. Me sonrió. Sonrisa de malandro viejo: sin mucho diente, pero afilada.

– No te vuelvas loco, cabrón.

Se apagó el poste. Metí la mano en el pantalón y la abrí. Me rasgué el bolsillo, rasguñé levemente mi muslo. Luego me fijé en mi mano, ya bajo su quijada. Apenas se asomaba el mango. Esperé un aullido que me despertaría. Esperé que mi puño cediera y la dejara caer. La saqué firme. Estaba empapada, también el puño.

Esperé que cruzáramos la mirada. Esperé un odio fatuo, una maldición impronunciable, un estruendo que finalmente me despertaría. Nunca me miró. Cayó ligero pero solemne, casi con esmero, mirando al otro lado de la calle. Se desangraba rápido. Me agaché junto a él. Ninguno habló. Nada quebró el silencio.

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FRAGMENTO DE UNA POÉTICA
Carlos Katan. Estudiante de Filosofía, UCV

 

La escritura es un llamado, todo decir poético ocurre desde la transparencia irrealizable del deseo; como dice Char: “el poema es el amor realizado del deseo que permanece deseo”, es el saberse deseante lo que llama a la poesía. Es su incumplimiento y al mismo tiempo la consumación su amor, lo que según Char, es el poema. En esta retórica de pasiones, el objeto del poema se torna oscuro, encuentro y desencuentro con lo real, como llamaría Buñuel a una de sus películas “Ese oscuro objeto del deseo”. El llamado de la poesía es un susurro que viene desde aquél topos anhelado, anhelante, es un silente encontrar en el lenguaje lo que se escabulle, siempre entre las manos. En los ojos del poeta la carencia se hace patente.

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