Todavía se pueden ver los letreros amarillentos en las joyerías caraqueñas, tomando sol al lado de la registradora como los perros de la plaza; su tipografía roja mancha las vidrieras: NO ACEPTO CHEQUES NI JEQUES.

“Eso está ahí desde que empecé a trabajar y ni idea de qué significa”, comentan los empleados de las joyerías, se ha perdido a través de los años pero el letrero sigue allí, tanto así que se ha convertido en símbolo de una leyenda urbana, una que solo algunos recuerdan. Hasta el sol de hoy, la historia se mantiene relativamente oculta, quizás por la vergüenza que provocó un jeque,  que engañó a toda la ciudad.

En el año 1982, en la antigua Venezuela Saudita, aterrizaba un jet privado en el Aeropuerto de Maiquetía. Dentro de él se encontraba un hombre moreno con bigote, lucía un vestido de un blanco impecable, un pañuelo sobre su cabeza del mismo blanco deslumbrante y sujetado por una cinta gruesa negra.

En su llegada al país, Alá Al-Tamani se presentó ante las autoridades de Maiquetía como jeque de algún país árabe -no importa cual, probablemente hasta lo inventó-, del cual había llegado en un jet nuevo de paquete (alquilado). Dentro de la nave había 20 maletas costosas (falsas y vacías), 12 esposas (el Islam sólo permite 3) y empleados (alquilados y entrenados para la ocasión) que acompañaban y cargaban sus pertenencias.

Ante la mirada de todos, se fue del aeropuerto en una limusina de lujo y llegó al Hotel Tamanaco deslumbrando, con un inglés machucado, a todos los empleados que se prestaron inmediatamente a cumplir sus deseos, buscando propinas generosas. El jeque pidió el mejor cuarto del hotel y fue inmediatamente complacido con la suite presidencial.

La noticia del jeque y su viaje de negocios se regó por toda la ciudad, llegando a los bolsillos ansiosos de varios empresarios venezolanos,  entonces embobecidos por ser partícipes de “algunas inversiones en el país”. Sin embargo, no eran los primeros que habían sido mareados por el árabe millonario: Juan Manuel Mezquita, un empresario e ingeniero de renombre en el país, dueño de distintas empresas y reconocido propietario de una mina de oro en Guayana, había ya sido víctima de su triquiñuela.

En un viaje en Curazao, un amigo empresario de Mezquita le contó sobre Al-Tamani y sus intenciones de invertir en los países del Caribe. Mezquita se babeó ante la posibilidad de entablar una relación de negocios con una eminencia y trató de establecer una reunión con el jeque antes de su partida de la isla pero el jeque evadió todos los intentos de contacto. En el último momento Mezquita logró planear un encuentro, y antes de partir tomó tres envases pequeños de vidrio y los llenó de pepitas de oro; durante una reunión llena de lujos y la compañía excéntrica del jeque, Mezquita quedó más impresionado y lo invitó a Caracas.

Juan Manuel Mezquita fue el empresario millonario que recibió al jeque en el Tamanaco, y tras él muchos gozaron de la champaña más cara y el caviar más exquisito del mundo, derrochando el dinero como si el petróleo del pozo mutara en dólares en cuestión de segundos. Los empresarios y la farándula interesada llevaron al jeque a las tiendas más caras de la capital y en las joyerías fue donde el jeque se destacó, gastando fortunas en Rolex, diamantes, oro y cualquier gema existente. Pero era detenido cuando sacaba su chequera: “Lo siento, señor, aquí no aceptamos cheques” expresaban los empleados con el mayor respeto posible; el jeque se disculpaba, anunciaba que pagaría con efectivo y de su bolsillo sacaba un fajo de billetes que contaba uno por uno. Otras veces era detenido por los empleados y le permitían pagar con cheque, porque era un honor tener a tal eminencia en su tienda.

El jeque anunció que organizaría una fiesta en el hotel Tamanaco e invitaría a todos sus amigos inversionistas y a la élite caraqueña. El hotel se paralizó ante los pedidos del jeque, y el día de la fiesta el hotel estaba ante los pies de este, la celebración era ostentosa con la comida y bebida más cara del país. Rápidamente llegaron los invitados y se deleitaron con el alcohol y la salsa que retumbaba por todo el salón de fiesta, lo cual los hizo más susceptibles ante la seducción millonaria del jeque que venía acompañada con un lujoso reloj Rolex, encargado especialmente para la ocasión.

Alguien sobrio se hubiese dado cuenta de algunas incoherencias por parte del magnético anfitrión, como su facilidad para bailar ritmos latinos que deberían ser ajenos para un hombre de su procedencia, su inglés machucado y acento árabe se desvanecían un poco más con cada whisky a las rocas; cómo devoraba pernil o como ninguna de sus esposas o empleados estaban presente en la fiesta. Nadie se dio cuenta de esos pequeños detalles y el jeque bailó salsa, bebió whiskey, fumó tabacos y recolectó inversiones hasta el amanecer.

Dos semanas estuvo hospedándose en el hotel Tamanaco hasta que un día simplemente desapareció, nunca hizo check out (su cuenta todavía sigue pendiente en el Tamanaco) ni se despidió de sus “socios” venezolanos. Los cheques que derrochó en las tiendas y joyerías empezaron a rebotar en todos los bancos del país y los que recibió fueron efectivamente canjeados en el exterior; se abrió un expediente en la PTJ pero no se llegó a una verdadera investigación (muchos de los estafados no quisieron colaborar por vergüenza).

Nunca se dio con el verdadero nombre o procedencia del Alá Al-Tamani.

Meses después los joyeros estafados (y no estafados) mandaron a diseñar e imprimir los relucientes letreros de advertencia que colocaron cerca de la registradora, siempre esperando volver a encontrarse con el jeque que bailaba salsa y vaciló a toda Caracas.

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