Conocí a Alfredo hace aproximadamente un año cuando por vínculos familiares acudí a él para resolver los últimos pormenores de un viaje al Roraima. Ya había escuchado de su amabilidad, sabiduría y acogedor hogar así que al llegar no me tomó por sorpresa. De inmediato sentí que la energía estaba muy bien situada: era un apartamento relativamente pequeño pero con la presencia de un mercado de antigüedades. El lugar entero estaba atiborrado de piedras, fotografías, collares, maderas talladas, mandalas, banderas de plegarias y más: un sinfín de postales de tantos viajes que ha hecho Alfredo alrededor del mundo.

   Particularmente recuerdo una hilera de cencerros guindados a lo largo del balcón, cada uno representaba un viaje a Nepal donde son utilizados para la identificación y localización de los animales de trabajo. Son fabricados con distintos materiales manualmente por los lugareños de modo que al moverse cada uno produce un sonido único. Sentado tomándome una taza de té negro fui observando cada recodo de la sala y me llené de tranquilidad, pareciera que el ambiente estaba diseñado para hacer sentir así.

    Alfredo Autiero tiene 60 años y combina, muy a su manera, la sabiduría y serenidad de un anciano con la amabilidad de un niño. Su simpatía lo caracteriza y lo delata como fiel servicial.   Al referirse a su ocupación habla de Operador de Turismo y Guía de Montaña aunque bien pudiésemos estar hablando de un estilo de vida.

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Alfredo en el pueblo de Niquitao. Trujillo, Venezuela (2007)

    Un año después fui a su nuevo hogar, esta vez por un motivo distinto pero aún más seguro de que sería un encuentro fructífero. Este apartamento lucía parecido al anterior, quizás más espacioso y definitivamente un poco vacío pues la mudanza aún no había dado tiempo para que lo habitual se hiciera habitual. Tan pronto atravesé la puerta me ofreció una taza de té como de costumbre y comenzamos.

    “Te voy a ser sincero: a mí la montaña me fascinó desde muy chamo. Yo viví en Ciudad Bolívar hasta los 11 años y periódicamente mis padres venían a Caracas por cuestiones de trabajo, vacaciones o partos de mi mamá -porque todos mis hermanos nacieron en la capital. Apenas nos mudamos lo primero que hicieron mis padres fue buscarme actividades: un colegio a una cuadra de mi casa en Los Palos Grandes, Los Ángeles Custodio, y un grupo de Scouts de la Iglesia Santa Eduvigis, también bastante cerca. En los Scouts nos sacaban de vez en cuando a excursiones y poco a poco fui avanzando; paralelamente en el colegio tuve la suerte de que mi profesor de inglés, Waldo Yépez, era miembro del Centro Excursionista de Caracas y nos llevaba una que otra vez a hacer excursiones. Para más ñapa, en el edificio donde vivía, en la tercera avenida, éramos un grupo de 12 chamos. El Ávila quedaba 10 cuadras más arriba entonces íbamos frecuentemente a tumbar mangos; estaba la Quebrada de Pajarito y un poco más allá estaba la Quebrada de Sebucán. En bachillerato estaba interno en el San José Los Teques y lo primero que conseguí fueron 2 o 3 personas que quisieran hacer montaña conmigo. Toda mi vida hice montaña, tú caes donde te gusta”.

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Alfredo con su madre en Pico Espejo. Mérida, Venezuela (1961)

   Todo indicaba que estaba frente a un individuo profundamente apasionado por la montaña, la convicción de sus palabras junto a una manera tan serena de contarlas lo constataba y diferenciaba de un deportista aplicado. Me impactó saber que con tan sólo 14 años terminó en la cima del Pico Bolívar; sus tíos vivían en Mérida y él se iba todos los años para allá en septiembre de vacaciones.

  “Efectivamente, tú llegabas a Mérida con ese montañón enfrente, provocaba subirlo. Hacíamos varios intentos: ´¡Mañana nos vamos al Humboldt!´, decíamos. ¡Mentira!, si eso queda lejísimos”, dijo soltando un par de carcajadas.

  Esperaba encontrar la figura de una especie de sensei que lo hubiese introducido al montañismo, algo tenía que haberlo enganchado en un principio. ¿Qué vio en la montaña que no vio en otro lado desde tan temprana edad?

    “Yo estuve mucho tiempo en el mar; la manía de mi padre, como buen italiano, era el mar y casi siempre me llevaba con él. Me apasiona, me gusta nadar y me gusta bastante quedarme apartado en la playa. Creo que la diferencia está en que la montaña aporta justamente eso: soledad.  Como nosotros somos todos urbanos llega un momento en que esto te satura, por lo menos a mí. Hay gente a quien le fascina la ciudad y no soporta la soledad de la montaña, yo por el contrario necesito retirarme, apartarme un poco de vez en cuando. Me doy cuenta de que lo más bonito es que puedes llegar a lugares donde la naturaleza es tan prístina que a veces uno llega y da lástima. También la amistad es bien particular en la montaña porque hay otra manera de compartir en la que el interés es mutuo. Amigo que se hace en la montaña queda para toda la vida”.

    Cuesta creer que como dice, por coincidencia, llegó a ser lo que es hoy en día, quizás estaba destinado a serlo.  Estudió Ingeniería Civil y desde temprano en la carrera trabajó con su padre en diversos campos mientras invertía bastante tiempo en montañismo. Llegó un momento en el que poco antes de graduarse de ingeniero, en el 81, nombraron como ministro de juventud de Venezuela a Charles Brewer;  Alfredo había estado trabajando con él como guía de montaña en el Ávila anteriormente, y como Charles  sabía que le interesaba la montaña le pidió que trabajara con él en la dirección de campamentos. Se desempeñó durante 5 años en el Ministerio de la Juventud donde, por coincidencia, encontró una tarde al ministro de la juventud de Francia, Maurice Herzhog.

    “Charles me lo presentó y me dijo que me encargara de ser su anfitrión en Venezuela. Estaba frente a frente con el ministro, no lo conocía; me dio la mano y me dijo: mucho gusto, soy el señor Herzog. Cuando escuché el apellido y apreté su mano noté que le faltaban algunos dedos y pensé: esto es mucha coincidencia, justamente tiene el apellido del primer hombre que dirigió una expedición a una montaña de 8 mil metros a la cumbre del Annapurna en 1950. Yo te digo, ¡Las vueltas que da la vida!”.

   En otra oportunidad Alfredo hablaba con Herzog, quien le comentó acerca de un programa para formación de guías de montaña en Francia e insistió en que se involucrara. “Tú tienes que dedicarte a esto”, le dijo.  Ya él –Alfredo- había pasado un año en España realizando cursos de guía de montaña y  había sido presidente del Centro de Excursionismo de la UCV. “Total que yo ya sabía que esto se manejaba”. En efecto, con el apoyo de Charles Brewer y el Ministerio de la Juventud de Francia salió a Chamonix a estudiar en la Escuela Nacional de Esquí y Alpinismo.

   “Le dije a mi padre que iba a dedicarme a esto y desde entonces incursioné en el turismo de montaña. Fundé la Asociación Venezolana de Instructores y Guías de Montaña- que por cierto en abril de este año cumplió 20 años. Tenemos un grupo de formación y capacitación aquí en Venezuela donde 4 de esos guías se están formando y tienen acreditación internacional”.

Alfredo en la cumbre del Monte Cervino o Matterhorn en el primer ascenso venezolano a dicha montaña. (1980)

Alfredo en la cumbre del Monte Cervino o Matterhorn en el primer ascenso venezolano a dicha montaña (1980)

    Escucharlo hablar tan despreocupado en el balcón hizo preguntarme cómo hace una persona cuyo corazón es de la montaña para vivir en el caos de la ciudad, supuse de seguro el Ávila sería un refugio o consuelo. Mínimo. Nos interrumpió su esposa, Adriana, saliendo de la casa y noté que Alfredo se despidió de su hija en italiano, pues así les habla desde pequeños. Retomamos el tema con rapidez pues la palabra nunca se hizo esperar.

    “Fíjate, yo toda mi vida he entrenado. Me gusta correr y lo uso como herramienta porque lo necesito para mantener mi forma física. Nunca he soltado como lugar de entrenamiento al Ávila. Yo nací yendo al Ávila, lo conozco impecablemente bien y además, ¡está a la mano! Yo llego a casa (Venezuela) y la gente me dice ´Alfredo, vamos al cerro´, ¡yo les digo que no!, subo a entrenar o a disfrutar con mi esposa y mis hijos. A veces sí me toca en los fines de semana a entrenar con personas que van a viajes más exigentes conmigo. Ya eso es trabajo y toma otro color. Muy diferente, por ejemplo: el sábado acompañé con mis dos hijos y Adriana a las monjitas del Máter al Ávila. Llegamos a un lugar por encima de la Piedra del Indio, en donde por 5 minutos me quedé dormido con Adriana. El Ávila para mí es ese momento y la dicha de tenerlo. Es mágico: por un lado tiene mar, por otro un valle y puedes caminar viendo ambos lados. ¡El Ávila es técnicamente pre-páramo y está aquí mismo en la ciudad!”.

    Me llamó la atención la armonía de su hogar; sé que a veces en casa ajena todo pinta mejor pero sinceramente el trato entre la familia se mostró de una forma muy genuina. Compartiendo un rato con ellos noté mucha comprensión y sinergia.

    “Ellos me conocen así, es lo que me gusta y trato de ser consecuente con eso, trato de transmitirles a ellos lo que me enseña la montaña: aguantar el esfuerzo, tener paciencia, respetar la diversidad, cuidar el entorno natural. Son cosas que he aprendido desde muy pequeño continuamente. Nunca he parado de formarme en torno a la montaña. Constantemente leo, todos los libros que ves aquí son de montaña porque busco mantenerme actualizado. De hecho Adriana a veces se molesta y me recrimina que lea sólo sobre montaña en vez de, por ejemplo, literatura. La cosa es que no tengo tiempo, no sólo leo libros nuevos para actualizarme sino también unos muy viejos de autores que escribieron mucho sobre filosofía de montaña“.

    Eventualmente caímos en el tema del riesgo, las pérdidas y percances de los viajes. Un tópico delicado, aunque su reacción, de nuevo serena, facilitó el curso de la conversación. Hablamos también de la arrogancia y el peligro de malinterpretarse, algo que me fascinó por completo.

    “Hay gente que va a la montaña para demostrar que es más que la montaña. Ayer fui a la plaza de San Jacinto y en el muro había una frase del Libertador: “Si la naturaleza se opone lucharemos contra ella” ¡Sí, está bien! Con la naturaleza no puede nadie. El ego es una cuestión humana y si te descuidas te va a hacer creer que puedes más que todo. Te hace creer que vas más allá del contexto en el que te desarrollas y evidentemente no es así. Es como que vayas a una peluquería a inyectarte polímeros en la cara, lo mismo pasa con el turismo. Por suerte no he perdido ningún amigo físicamente conmigo. Sí he tenido que vivir los rescates de muchos amigos y he tenido que subir a retirar cuerpos. Generalmente cuando hay algo que no me está gustando me retiro. He tenido accidentes que, si bien menores, me han enseñado bastante. He tomado decisiones difíciles en situaciones peligrosas en las que algunos quieren seguir pero mi norte ha sido siempre garantizar la seguridad de quienes llevo a cualquier viaje”.

    Algo del montañismo que yo personalmente ignoraba hasta hace poco es que contrario al pensamiento común, llevarse un recuerdo (tronco, piedra, hoja, etc.)  del destino al cual llegaste en un viaje es mal visto, puesto que todo ha de ser dejado como lo encontraste. Entendí gracias a Alfredo que la dicha de subir montaña yace en saber que va mucho más allá de ti y tus méritos, es parte de un todo.

    “Siempre está esa idea de llevarte lo que amas contigo, por eso seguro en tu cartera llevarás una foto de tus familiares o tu novia. Es guardar contigo el significado que ese momento tan especial tuvo para evocarlo en el momento en el que lo necesites. En Nepal mucha gente es panteísta, es decir, deifican los ambientes naturales y termina siendo una buena manera de proteger espacios. Entre uno y su entorno hay una relación y no puede obviarse.  La primera vez que subí al Roraima daba pena caminar por el Valle de los Cuarzos porque tenían prácticamente el tamaño del antebrazo de una persona y se rompían. Hoy en día ninguno permanece ahí porque durante años muchas personas le han dado más importancia a tener ese recuerdo y no tanto a apreciar lo mágico de llegar a ese lugar. Parte del montañismo pasa por pensar no sólo en uno sino en quien vendrá después de ti.”

Alfredo con el Lama Geshe (Rimpoche de la población de Pangboche). Camino hacia el campo base del Everest.

Alfredo con el Lama Geshe (Rimpoche de la población de Pangboche). Camino al campo base del  Monte Everest, Nepal (2016)

    Cualquiera que ha viajado reconoce que tras pasar algún tiempo en un lugar especial se crea un fuerte apego al mismo, más aún cuando se repite el destino. Surgen de cierta forma nuevos hogares y sugiere pensar que la aventura radica no sólo en abrirse a lo desconocido sino encontrar casa en ello. Las religiones asiáticas dicen que hay 2 cosas muy importantes en la vida de cada persona: cobija y trabajo. En donde tú generas eso, hay hogar.

    “Yo me he hecho bastante esta pregunta: ¿por qué visito el mismo lugar varias veces? Es sencillamente porque cada vez que voy aprehendo algo nuevo. A mí me fascina Ecuador, me fascina Nepal; no sé cuántas personas han ido tanto como yo a Nepal. Viajé una vez atípica en el 83, después en el 91 y desde entonces he ido casi todos los años en septiembre, se ha vuelto un clásico. Ya de hecho me llaman “hermano” allá, me hacen llamar de “hija” a las esposas de mis hermanos. Tengo un nombre nepalés: Tensing Sampo. Me casé con Adriana en Nepal –de hecho nos conocimos en el 97 en una expedición en la zona de los Annapurnos. Ella estaba en un grupo de acompañantes y yo en un grupo de escaladores; nos casamos en el 99 en caracas y luego volvimos para casarnos con un amigo que vive en Pangboche. He pensado mudarme; me han ofrecido incluso trabajar 6 meses allá y 6 aquí en Venezuela pero es mucho tiempo separado de mi familia y no estoy dispuesto. Más adelante seguramente nos iremos todos juntos para allá un tiempo. “

    No hace falta preguntar para saber que Alfredo es religioso: una persona con tal nivel de exploración de su entorno y su interior ha de tener algún tipo de relación estrecha con una fuerza superior. El mero hecho de verlo actuar  lo revela.

    “Me gusta ver esos lugares tan bonitos y percibir el significado que tienen para las personas que ahí viven y conforman esa cultura. Siempre he dicho que al entenderte a ti mismo como persona y parte de un ambiente ya estás siendo espiritual porque entiendes que hay cosas que tú no puedes controlar, que van más allá de tu entendimiento. No es coincidencia que muchas religiones tengan como elemento estructural y simbólico alguna montaña, porque en ella hay mucha reflexión, soledad y espiritualidad. Soy católico porque fui bautizado y me eduqué en colegio de sacerdotes. No obstante, a raíz de ir tanto a la montaña y sobre todo a Nepal, sigo y creo mucho el orden de ideas que plantea la religión Budista; fundamentalmente porque no le da la responsabilidad de lo que sucede a un ente superior pues ésta se atribuye a uno mismo. La responsabilidad está en ti, la religión budista traza un camino para llegar al paraíso pero depende de uno alcanzarlo o no”.

Foto tomada a Sadhu en el templo de Pasupatinath, Katmandú, Nepal.

Foto tomada a Sadhu en el templo de Pasupatinath, Katmandú, Nepal (2016)

     Tras una tarde más que amena opté por hacer dos preguntas concretas que dieran cierre a tan grato encuentro: quise saber qué esperaba Alfredo de la vejez y qué había traído consigo de su último viaje a Nepal.

   “No le temo a la vejez, es una realidad. Buda le prometió a su primera discípula que resucitaría a su hijo si ella encontraba en el pueblo alguna casa en la que no hubiese acontecido una muerte. La vejez le va a llegar a todo el mundo. Lo importante es ver que cada momento de la vida tiene su magia; si no vives en el momento de la vida en el que estás inmerso estás perdiendo el tiempo. Como le digo yo a la gente: voy a vivir 107 años y me parece poco, cada momento es importante.

    Fíjate, esta vez traje felicidad. El año pasado se vieron muy afectados por el terremoto, especialmente porque en el ámbito internacional esperaban una ayuda sustancial en términos de turismo y no ocurrió. Me gustó verlos ahora felices a pesar de todo. Ellos tienen un aspecto religioso que además de hacerlos felices los hace sinceros. Yo amo esa felicidad y esta vez la sentí”.

    Salí del hogar de Alfredo con una manta de protección y una bandera de plegarias nepalesas de obsequio; no las traje yo desde tan lejos pero se sienten únicas y cargadas de mucho. Me gusta pensar que como los cencerros que cuelgan al mismo tiempo en Nepal y en su balcón, todos eventualmente escucharemos un timbre único que nos pertenezca, que reconozcamos.

Para ver más fotos:

Instagram: @alfredoautiero

 

Entrevista por Arturo Ríos.

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