Toda época tiene sus enfermedades emblemáticas

Byung-Chul Han

 

 

 

Ansiedad, ansiedad, ansiedad. Revisa el último mensaje que te llegó en WhatsApp. No te olvides del email que enviará tu profe esta noche. ¿No te gustó el vídeo que te pasé por Facebook?, sin rollo, aquí van tres más.

Ansiedad, estrés, cansancio: ¿será que nuestra sociedad induce al desgaste, a demasiada transparencia sin Internet? Demasiadas pestañas abiertas, demasiadas responsabilidades para quedar en una buena universidad y huir del descontento.

Hasta que cae la música –por supuesto, la música.

Suena un piano sofocado, el bombo y la caja hacen de guías –ba-boom bap, ba-boom bap, boom bap, boom boom bap–, como si la fuente del tema fuera un reproductor viejo de cassettes. Por minuto y medio, el cosquilleo en tu nuca y tus hombros desaparece y las pestañas abiertas en Chrome no dan miedo, tampoco asusta el sofá. Es el espíritu del lo-fi hip-hop, un género musical que contrarresta los aguijones de la conexión virtual, aunque se deba totalmente a esta.

El primer beat tape –más que canciones, quienes hacen lo-fi compilan beats y samples en cantidad de piezas brevísimas en sus discos– que escuché, fue Harbor LP de tomppabeats. Envueltos en una nube de humo, Baietti  y yo esperábamos una señal de un par de amigas para salir. Luego de media hora de risas y deslizar la pantalla del celular obsesivamente, Baietti se arrastró hacia el teclado del computador y puso a sonar el disco en cuestión. “Siento como si estuviera en Japón,” dijo; yo sentí un aire nostálgico, sin lo artificial de las luces de neón. No solo la combinación de notas me recordó a la Gymnopédie No. 1 de Satie –claro está, con un ritmo que anima a lanzarse un par de versos–, sino que la portada resonó con mis ilusiones de un pasado sereno: una niña en falda y tenis agachada sobre un puerto, fumándose una panga; su mirada puesta en el sol que muere al horizonte; los colores, mucho blanco, bastante azul, y un salmón que anuncia el crepúsculo. Escuchamos los treinta y cinco minutos del beat tape de principio a fin.

Las niñas nunca aparecieron.

Más que las piezas minimalistas y somníferas de Satie, las pistas del género repuntan al hip-hop instrumental de J Dilla y Nujabes. Por parte del primero, la creación de loops melancólicos a partir de samples dan pie a una mirada al pasado inquieta, una mirada al pasado inquieto/una mirada inquieta al pasado, jumpy. Los ritmos sencillos y el protagonismo de flautas y pianos en las producciones del japonés, popularizaron un sonido que podía ser orgánico, tranquilo y a la vez, bailable. Esos elementos al menos son sugeridos en feelings., de jinsang, un tema que tiene más de dos millones de visualizaciones en YouTube. Aunque el eco granulado, algo aislado de los instrumentos y la estética setentera delatan que estamos ante otra cosa.

Ah, buen punto para resaltar: la estética. La mayoría de los álbumes y playlists del género tienen de portada a caricaturas, usualmente japonesas, durmiendo o ansiando el sueño: sea una jevita de algún anime con un libro abierto sobre un futón, totalmente arqueada y derrotada ante un computador noventero, o sea Bart Simpson ahogado en filtros purpúreos. (Esta última imagen, más el abuso de samples de canciones niponas, traza un vínculo con el vaporwave, el grandísimo género-joda que se consolidó en 2011-2012 con Macintosh Plus y sofocó a cantidad de chamos con un batido de canciones de Michael Jackson desaceleradas, comerciales de McDonald’s y escenas de Sailor Moon. Hasta se pueden conseguir artistas en Bandcamp que catalogan sus discos bajo los dos géneros, cosa que más allá del ornamento, muchas veces resulta forzada.) Los títulos de estos ejemplos, por cierto, son Get some rest, Dozing off again… y N O  S L E E P, respectivamente. Si otras modas musicales de Internet se han caracterizado por difundir delfines a contrapelo de íconos de Windows 98, las imágenes y palabras que acompañan las pistas de lo-fi nos obligan a preguntarnos algo que tememos en esta sociedad del cansancio: ¿acaso dormimos demasiado poco?

Mira quién acaba de montar una foto en Instagram, pendiente que hoy sale la última temporada de Bojack Horseman, cómo coño llegué a esta página de Wikipedia: dormir es un lujo, casi un capricho, cuando el otro lado de la pantalla exige tanta atención. Si para Michelle Lhooq el vaporwave tiene el objetivo político de desenmascarar el capitalismo y reducirlo a mera vaciedad –cosa que tras tanta reproducción y división y multiplicación del género, parece ser una gran ironía–, el lo-fi hip-hop parece presentarse como antídoto o escape de un sistema que exige niveles cada vez más irreales de funcionalidad. Si en el siglo pasado nos volvimos pasividad ante el televisor, la agitación que nos provocan las redes sociales literalmente nos quitan las ganas de dormir. Bien explica Alex Williams en The New York Times que la ansiedad es la melodía del momento: la popularidad del fidget spinner, el hecho de que más del treinta por ciento de los adolescentes gringos sufran de trastornos de ansiedad, y la cacofonía en Twitter en que ha devenido la política, lo llevan a tal conclusión. Aunque también afirma: “if social media can lead to anxiety, it also might help relieve it.” Creo que esta versión minimalista, poco difundida más allá de plataformas de Internet, del hip-hop pretende ser ese remedio –o al menos, el desahogo del padecimiento, un sustituto de las uñas siempre mordisqueadas. Tal vez por ello la lluvia y el bosque en las cubiertas de los beat tapes de jinsang y stzzy.

 

Más de novecientas palabras, supongo que ya es hora de dormir. A colocarse los audífonos y echarse sobre el suelo como una comiquita japonesa. O a enfrentarse a la tarea número cuatro de las cinco que quedaron para última hora. Sea cual sea tu responsabilidad, cincuenta minutos de boom bap y ruido blanco serán cincuenta minutos sin rascarse la cabeza, sacudir las piernas, revisar la hora, no, el último mensaje de texto, no, refrescar Twitter y revisar qué han escrito, eso es rápido. Pero cuidado: como todo ansiolítico, los temas de eery y saib. se pueden volver adictivos. Mejor obligarse a una siesta y llegar tarde a la clase que andar justificando un poco de artistas con nombres impronunciables, todos en minúscula, ¿no?

 

 

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