Ya son lejanos los tiempos en que los estudios de frenología y las digresiones sobre la degeneración racial del conde de Buffon se tomaban en serio. Son lejanos, supuestamente, los gobiernos que proclamaban máximas como Separate but equal y Blut und Boden. En teoría, el racismo es un problema de antaño, pero movimientos políticos como Black Lives Matter y el surgimiento de gobiernos nacionalistas en el globo, acompañados de fuertes componentes étnicos, ponen en duda tal afirmación.

Para 2016, la población hispanoamericana en los Estados Unidos había superado a la afroamericana como mayor grupo minoritario del país. No ha de sorprender, entonces, la relevancia cada vez mayor que se les da a personajes como Joanna Hausmann y Lin-Manuel Miranda en las redes y los medios de comunicación estadounidenses.

Otro personaje que ha cogido muchísima fama es la venezolana Lele Pons, quien comenzó en la ahora extinta aplicación Vine y hoy día consigue millones de visitas en sus vídeos de YouTube.

Tomando en cuenta nuestro nuevo protagonismo en la mayor potencia mundial, uno pensaría que personalidades como Lele ampliarían el horizonte sobre el quid latinoamericano. No obstante, así como el racismo sobrevive en las políticas migratorias de Donald Trump, cada vez que veo un vídeo de la venezolana-mayamera en las tendencias de YouTube me disgusto por los estereotipos y los clichés que son foco de su humor. Siempre termino murmullando para mis adentros: “qué vaina más racista.”

Creo que lo discriminatorio en los skecthes  de Lele Pons se puede leer de dos formas: como la representación kitsch de lo latinoamericano, y como su construcción como un otro fijo. Por lo primero, me refiero a un término que ha sido explorado, entre tantos pensadores, por Celeste Olalquiaga en Megalópolis. Para la venezolana doctorada en Columbia, “conocido como el dominio del “mal gusto”, el kitsch es presentado como un intento artístico fallido, siendo identificado con cosas consideradas obvias, dramáticas, repetitivas, artificiales o exageradas”. La iconografía religiosa y la ornamentación navideña están entre los mejores ejemplos del kitsch –las tiendas de souvenirs y sus versiones de lo autóctono también. El concepto sobre todo se entiende en aquellas piezas que se han relegado totalmente a la reproductibilidad técnica (Benjamin dixit) y se rigen por los prejuicios más profundos del mercado.

¿No es esto último lo que podemos ver en un vídeo como Latino Hunger Games, reproducido casi cuatro millones de veces? Cuando se toma una canción chimbona de salsa como himno nacional de todos los participantes, hispanoamericanos de diferentes orígenes; cuando muere uno de los personajes y el cielo delata que posee como diez nombres, estamos ante representaciones generalizadas, exageradas, que parten de chistes mil veces repetidos, de lo latinoamericano. Estamos entonces ante un humor de mal gusto, que rehúye instancias críticas dentro de lo políticamente incorrecto (cosa que podemos ver en los stand-ups de Louis C. K. o Bill Burr) para aferrarse a estereotipos que embobecen la audiencia.

Mantengamos la idea del estereotipo y pasemos al segundo elemento: la fijeza. Esta idea, acuñada por Homi Bhabha en su seminal El lugar de la cultura, no podría ser mejor explicado por otro que no sea el autor:

“Un rasgo importante del discurso colonial es su dependencia del concepto de “fijeza” en la construcción ideológica de la otredad. La fijeza, como signo de la diferencia cultural/histórica/racial en el discurso del colonialismo, es un modo paradójico de representación: connota rigidez y un orden inmutable así como desorden, degeneración y repetición demoníaca. Del mismo modo el estereotipo, que es su estrategia discursiva mayor, es una forma de conocimiento e identificación que vacila entre lo que siempre está “en su lugar,” ya conocido, y algo que debe ser repetido ansiosamente… como si la esencial duplicidad del asiático y la bestial licencia sexual del africano que no necesitan pruebas, nunca pudieran ser probadas en el discurso”.

Si tomamos como discurso colonia aquel que pretende mantener cierta estratificación con base en la raza, la clase y el sexo, y que parte de una clase dominante que toma su cultura como lo normal, el conjunto de prejuicios que abunda en cierto discurso estadunidense puede verse como tal. Así pues, creo que la visión reducidísima de lo latino a la que apela Lele, apunta a este tipo de discurso; así pues, el humor de Lele juega dentro de los límites de la fijeza.

Veamos como ejemplo otro vídeo suyo, Training to be a Latina. Las clases de salsa que recibe la niña que como Lele, wants to be a true Latina, el show telenovelesco que ha de permear sus interacciones con cualquier hombre, conllevan una latinidad rígida que no obstante, cala en lo exagerado, en lo desordenado. Al final del vídeo, nos queda como moraleja que otras versiones de lo latinoamericano no son verdaderas. Es decir, que aquel latinoamericanismo que se escape de la noción del Sur como un país que exporta bailarines y drama, no es honesto –no es, hemos de suponer, tampoco cómico, como si otras expresiones de humor propias de acá fuesen inválidas ante los espectadores de América del Norte o de los países desarrollados.

Ahora bien, no creo que Lele Pons esté empleando estas estrategias coloniales y discriminatorias conscientemente. Recordemos a Hannah Arendt: el mal muchas veces puede ser banal, ni se le cruza a la cabeza de quien lo ejerce que lo que hace, probablemente costumbre o ley, sea de una ética discutible. Sospecho que como su humor, hay mucha banalidad que antecede los efectos de la representación en sus sketches.

Estoy en desacuerdo con que aplaudamos a esta venezolana por el mero hecho de ser una YouTube Star, si sus vídeos no ameritan tal ruido. Si su humor no apuntase a reproducir estereotipos y en vez, fuese paródico, relatable (el vídeo Struggles of a Recent Immigrant de Joanna Hausmann y Luis Chataing es un excelente ejemplo de esto), la consideraría digna de todo elogio, sobre todo desde su denigrada nación. Pero no dejo de incomodarme con cada cliché bobo que vuelve a sus vídeos, y no dejo de pensar que estos, más bien, denigran su nación.

Look at yourself in the mirror, dude, and keep laughing; I doubt you’ll start crying anytime soon.

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