El Limpiabotas de la Plaza Bolívar

Las esquinas de Caracas guardan secretos e historias que dan para todo. Son como una especie de testigos silenciosos del crecimiento citadino, de allí que Alfredo Antonio Vera, “El limpiabotas de la Plaza Bolivar”,  comentara lo siguiente (antes de acceder a esta entrevista con beneplácito): “Si estas esquinas hablaran, te podrían contar más cosas que yo acerca de todos los que trabajamos aquí”. Alfredo es de hablar pausado y de trato amable. Tiene 50 años según cédula de identidad pero asegura que ha vivido más que eso. “Yo empecé a hacer esto hace 36 años. Estaba estudiando en la escuela, recuerdo. No tenía plata pa´ la merienda y entonces tuve que inventarme algo. Al principio tenía una cajita con un cepillo de zapato, una crema negra y  un trapito. Después que saqué el sexto grado me instalé a trabajar aquí en la plaza.

El oficio de limpiabotas no lo emprendió solo, Alfredo cuenta que junto a él, nueve lustradores más se han encargado de pulir los zapatos de los caraqueños por varias décadas. Con el tiempo algunos fueron desertando por varias razones: unos porque consiguieron un mejor empleo, otros porque el trabajo ya no les era rentable y otros porque murieron. “Ahorita solo quedamos dos limpiabotas. Antes cada uno se paseaba por dentro de la plaza buscando sus clientes. Los bancos de la plaza eran nuestro puestos de trabajo; ahí donde nos llamaban los clientes, ahí mismo le limpiábamos y pulíamos los zapatos. Pero en los   ochenta,  de un día pa´ otro, al gobierno de turno le dio por sacarnos de la plaza y entonces nos repartimos por todos sus  alrededores”. Desde entonces la Esquina Principal, que da nombre a un icónico  teatro del centro de la ciudad, le ha servido como  lugar fijo de trabajo por más de 20 años.

El día a día

Desde el 2004, después de que su casa  en Carapita quedara inhabitable a causa de las lluvias, vive con su esposa en las afueras de Caracas, específicamente en Santa Lucía. “Mira, yo me levanto todos los días a las tres de la madrugada para poder llegar al pueblo a eso de las tres y veinte y agarrar la primera camioneta. Antes de las seis ya estoy aquí sacando la silla pa´ trabajar hasta la una de la tarde. Esa es mi rutina de todos los días. Ya no soy un muchachito, desde que me mudé rindo menos, el trajín diario no es fácil”.  Dice  que a los 18 años se fue al cuartel de Conejo Blanco a cumplir con el servicio militar y durante el mismo fungió de escolta de un general. Una vez cumplido su servicio a la patria, trabajó un tiempo como albañil pero no se sintió a gusto: “…esto es mi vida. En realidad no sé hacer más nada” afirmó orgullosamente mientras pulía los zapatos de un cliente.

Alfredo cumple una jornada normal de trabajo de ocho horas diarias,  todos los días en la Esquina Principal. “Aquí estoy desde bien temprano, aunque el primer cliente siempre llega como a las siete. Antes llegaban un poquito más temprano, como a las seis de la mañana. Lo que pasa es que como en todo, ha ido bajando la clientela. Hay veces que atiendo nada más que a una persona, es triste porque no me alcanza ni pa´ pagar el estacionamiento donde guardo mi silla. Pero hay otros días, como el 24 y 31 de diciembre que son buenísimos, la gente anda bondadosa y me dan mis aguinaldos”.

Entre  5.000 y 8.000 bolívares diarios es lo que obtiene  por su trabajo. Sin embargo, al sacar la cuenta de los gastos de pasaje e inversión en materiales, el resultado no es muy alentador: “Yo cobro 1200 bolívares por el servicio pero nada más en pasaje gasto 1600 por día, más 700 que pago en el local donde me guardan la silla, más lo que tenga que invertir en betún y las demás cosas de trabajo, no es fácil…”.

El proceso y sus limitantes

Todo oficio conlleva el uso de materia prima y algunas técnicas para el mejor aprovechamiento de las mismas; en el caso del lustrados de zapatos, Alfredo enumera sus imprescindibles: “Lo primero es el cepillo: el grande, especial de zapatos y el pequeño, un cepillo de dientes normal. También la lanilla (en pedazos para el pulido), un trapito cualquiera y un potecito con agua. Con todo eso estamos listos”. Explicaba mientras  hacía gala de su experiencia en los zapatos de un cliente. “Yo me tardo entre 15 y 20 minutos con cada cliente, depende del estado del zapato: Si ta´ viejo, si ya ´tá curado, si agarra la crema o no. No te creas, tiene su técnica: en primer lugar debes quitar el polvo de los zapatos con los cepillos. Si tienen barro pegado, le echas agua y le pasas un trapito. Luego procedes a poner la crema en un zapato y dejas reposar mientras le echas la crema al otro. Después pules con el cepillo y por último con la lanilla. Ésta es la que le da el brillo final. No se te olviden unas góticas de agua pa´ que pueda deslizarse mejor”. Con esa explicación ya te puedo quitar el puesto, le digo. “Ah, pues, yo aprendí viendo, nadie me enseñó”, dijo bromeando.

Este humilde caraqueño que ha dedicado su vida a lustrar zapatos sufre de miopía degenerativa. “Desde hace 17 años vengo sufriendo de una enfermedad en los ojos, una herencia de mis abuelos. De aquí a allá, no te distingo la cara. Tengo que ver las cosas desde muy cerca. Yo así mismo me desplazo todos los días en la calle, hermano, aunque aquí en el trabajo me cuesta distinguir sobre todo los colores claros como el amarillo, por ejemplo. El marrón también me cuesta, entonces le tengo que preguntar al cliente de qué color son sus zapatos para no echarle el que no es”, asume sin pena.

Alfredo afirma que en sus 36 años de servicio al caraqueño, le ha tocado vivir todo tipo de cambios desde su esquinita: “Aquí he visto de todo: reconstrucción de todos estos alrededores, conciertos, manifestaciones… en los tiempos de Alfredo Peña esto se vivió feo. Muchas protestas, teníamos que correr para arriba y para abajo pero de resto, todo ha sido tranquilo”. Al preguntarle sobre a qué personajes famosos había atendido, contestó haber atendido a Claudio Fermín, a Joselo y a casi todos los alcaldes de Caracas.  Ah, y a Maduro cuando era canciller.

Una última pregunta: ¿Cuántas novias te has cuadrado en 36 años de oficio?

Varias… mi esposa supo de una sola, de las otras no –dijo entre risas-;  la que mejor recuerdo la enamoré fue viniendo en el metro. La saludé y  le dije: mira estamos a la orden en la plaza bolívar, yo limpios zapatos, ¿oíste?. Cuando desees limpiar los zapatos, pasa por los lados de la Plaza Bolívar… que no se te olvide, allá estamos a la orden.  Y así fue, al día siguiente pasó por aquí y me dijo: ´Hola, ¿cómo estás? ¿Tú eres el muchacho que ayer me dijo para limpiarme los zapatos?´ Sí, yo mismo soy, le respondí. ´¿Y cuánto cuesta la limpiada?´, me preguntó y  le dije que 500 bolívares -eso fue hace como quince años.  Se los limpié y luego se volvió cliente frecuente. Se los limpiaba de gratis  hasta que un día me invitó a su casa a un almuerzo que se convirtió en cena  y bueno…

 

 

Fotos por Rodolfo Alonzo.

 

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