Nadie tiene muy claro en realidad cómo fue que sucedió el asunto. Expertos en historia del arte y urbanismo aseguran, 20 años después de los hechos, que el escape fue idea de la danta de María Lionza. El plan se fraguó durante una noche de profundo insomnio, causado por el trauma de que todos los días millares de ojos hambrientos la miraran alucinando con convertirla en el relleno de una suculenta arepa frita.

Al principio hubo un leve forcejeo entre sus patas y el pedestal que la sostenía. Acostumbrado el segundo a tener algo puesto encima todo el día, no estaba tan de acuerdo con el plan que le dejaría sin propósito en la vida. Sin embargo, luego de un leve toma y dame, la piedra se rompió con un sonido ahogado que sólo alcanzó a escuchar un iluminado de la noche, que tenía sus propios asuntos pendientes con otra piedra que no viene al caso.

Con un salto bastante ágil para un animal hecho de piedra, la danta finalmente sintió el pavimento de la autopista Francisco Fajardo bajo sus patas. Mientras caminaba con su dueña a cuestas, el mural de Zapata las miró con recelo, y por decisión unánime de sus miembros también emprendió su retirada. Deslizándose por los muros de la Ciudad Universitaria, se dio a la fuga sin dejar rastro.

Por su parte, las Nubes de Calder, cansadas de reposar impávidas sobre cientos de cabezas que preferían ignorarlas, decidieron dejarse llevar por un ventarrón que las sacó de un tirón del Aula Magna, y las hizo volar sobre el Ávila hasta perderse en ese punto en el que el Mar Caribe y el cielo se funden en un azul indistinguible. Mientras planeaban sobre el valle, todos los ojos de piedra, granito, mármol, concreto, y cualquier otro material sobre el que los caraqueños habían plasmado infinidad de figuras, se alzaron hacia el cielo y desearon la libertad.

De ahí en adelante, insisten los conocedores de rumores y expertos en habladurías, el éxodo fue masivo. Las toninas de la O’leary se fueron por los drenajes, un elefante dorado dejó su rastro amarillo en la Valle-Coche, y hasta el hombre que no es pájaro logró romper sus cadenas y abandonar para siempre su morada de los Caobos.

Fue así como, aquel amanecer de un marzo inusualmente caluroso, todas las estatuas y murales de Caracas decidieron abandonar sus pedestales, refugios, plazas y paredes, para embarcarse en miles de pequeñas aventuras.

Al principio el fenómeno pasó desapercibido. El sopor de la madrugada y la rutina tenían a todo el mundo tan dopado, que no fue hasta entrada la mañana cuando alguien dio la alarma por la ausencia de las figuras que, hasta horas antes, adornaban la urbe.

Para la oposición, el desvanecimiento de los monumentos era parte de un plan perverso del gobierno para robarle la identidad a la ciudad, y convertir a sus habitantes en una masa alienada. Mientras tanto, los burócratas del estado argumentaron que la capital había sido víctima de un atentado sociocultural alentado por las potencias como una manera de aniquilar a la nación. Nunca nadie se puso de acuerdo en cuál era la verdad.

Hoy en día aún se escuchan historias de cientos de imágenes de Bolívar cruzando los Andes, o teniendo delirios en el Chimborazo, mientras que de lo profundo del mar llegan rumores de avistamientos de unas nubes de colores que, por curioso que parezca, pareciera que miran con nostalgia hacia el valle que alguna vez fue su hogar.

comments