La popularidad que han ganado viajeros como Ted Simon y Ewan McGregor por sus travesías en motocicleta pusieron en un plano más real el sueño de muchos. Y es que todos, por lo menos alguna vez, hemos sentido la necesidad de escapar, de comprarnos un boleto, de montarnos en un carro o una moto y desaparecer al menos por un momento.

Una promesa familiar fue la excusa perfecta para desaparecer. Esto fue lo que hicieron Juan y Carlos Blanco en compañía de su padre Manolo -motero de toda la vida-. En 2013 empezaron a recorrer el Sur de América, y en 2015, completaron la travesía llegando a Alaska. Su amigo, Robert Gibson, también formó parte de esta aventura en dos ruedas.

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LIBERTAD Y BUENA VIBRA

 

Al momento de emprender un viaje así, ¿qué es lo que buscan?, ¿qué es lo que persiguen? 

Carlos: Lo que busco  en un viaje de estos es cumplir con la experiencia. Tratar de sacarle el máximo. Ver lo que haya que ver y aprender de lo que haya que aprender.

Juan: Yo lo veo como vivir de verdad. No es lo mismo estar tres meses en Caracas que estar tres meses viajando en moto. Vives mucho más intenso. Pienso que la experiencia es totalmente  distinta. Conoces muchos lugares y entras en contacto con la gente.

Llevándolo a una escala mucho menor, casi todos hemos andado en bicicleta y se siente que es algo distinto. Ves todo desde otro ángulo… ¿algún tipo de sensación que se dispara al viajar en moto?  

Juan: Sensación de libertad. Cuando estás rodando, cualquier vaina puede pasar. De repente teníamos planificada una ruta, pero al día siguiente te comentan que no te puedes pelar este otro sitio… esa libertad de poder hacer lo que quieras, me encanta.

Carlos: Para mí, ya de por sí, al ir en la moto se percibe todo de una forma diferente. Cuando uno va en un carro, estás como en una cápsula. En cambio aquí, estás afuera, expuesto. El poder vivir de esa forma, al menos por un tiempo, es lo que a mí más me gustó.

-Juan agrega-

Juan: Y tienes mucho tiempo para pensar. A veces llevábamos unos aparatos en los cascos que nos comunicaban y, curiosamente, no hablas de cualquier cosa sino que muchas veces salen temas burda de serios. Luego de un tiempo, apagas el equipo y escuchas música. En otro momento apagas todo y simplemente quieres disfrutar el viaje, el paisaje, pensar.

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Entrando ya en el viaje, nos pueden contar, ¿qué lugares quedaron grabados en sus cabezas?

Juan: No  les puedo dar uno. Pienso que tengo que hacer una distinción entre ciudades a las que llegas y lugares que te encuentras con la moto. Por lo menos a mí, el Desierto de Atacama, específicamente donde está “La Mano del Desierto”, me impactó. Ir rodando a mitad de un desierto, el lugar más seco del mundo, donde  no llueve desde los años setenta, y de pronto, encuentras una mano como esa… me pareció increíble.  Otro lugar que me impactó, fue “El Paso del Cristo Redentor”, entre Chile y Argentina. Es espectacular. También porque hay picos nevados y una carretera en la montaña. Luego me gustó muchísimo cuando entras a Canada. La ruta de Vancouver a Whistler es bellísima. Y la verdad, toda Canadá para arriba. A mi juicio es lo más bonito que hemos cruzado.

Carlos: Yo te diría que Machu Pichu. Obviamente la energía que sientes ahí es increíble. Lo interesante es cómo la gente va cambiando dependiendo del lugar donde estuvieses. Ese tipo de cosas, toda esa experiencia que te da el viaje y la gente… es asombroso.

Hablando de países, ¿cuál fue el país que mejor los recibió? ¿qué cualidades los asombraron? y ¿qué personaje del viaje los impactó más?

Juan: En Canadá nos trataron increíble. De verdad que los canadienses son lo mejor.  Y aunque la estadía fue muy corta, personalmente, me encantó Costa Rica. La gente es demasiado de pinga. Yo iba  llegando a Punta Arenas, en Costa Rica, rodando en la moto, y un chamo en patineta empieza a darle así como: “Epa, espera” -se agarró de mi moto-  y lo llevé como un kilómetro. “Que hacen aquí y tal”, nos preguntó. Y yo: “Viajando desde Venezuela…” Luego nos dijo: “Pura vida brother, pásenla de pinga”, y se fue.

Carlos: Costa Rica es  muy buena  vibra. La verdad nos trataron bien en todos lados. Bueno,  en  unos más que en otros. Pero si tuviera que decir uno, diría Canadá. Ahí una vez se me espichó un caucho y me tuve que quedar como tres horas a la deriva… la bomba de la gasolina se nos había dañado, y los demás se habían ido al pueblo más cercano para solucionar. Estaba relajado, en la mitad del bosque. Yo lo que quería era leer mientras esperaba pero no pude hacerlo porque todas las personas que pasaban, se paraban y me preguntaban.“Oye, ¿qué pasó?  ¿Todo bien? ¿Necesitas ayuda?”  Era increíble.

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Juan: De las personas que me marcaron, uno se llamaba Dietrich Schumacher. Era un señor suizo. Estábamos en Canadá, bastante arriba, en el medio de la nada. El pana estaba en una bicicleta con unas banderas y tenía varios tatuajes de bicicletas en las piernas. Resulta que había recorrido varios continentes en bicicleta, él solo. Me acerqué y le hice varias preguntas para luego hacer un reportaje sobre él. La primera fue:“¿Qué edad tiene?” y me responde: “¿Edad? Yo soy muy joven pero he vivido sesenta y nueve años”. Verga, son ese tipo de vainas que piensas que estás leyendo un libro.

Otra persona que me marcó, no me acuerdo exactamente del nombre, el escritor canadiense. Llevábamos horas manejando a través de Mexico y  cuando pensábamos que habíamos llegado al destino de ese día, aún nos  faltaban doscientos kilómetros. Estábamos todos mamados y arrechos. No habíamos comido, y decidimos pararnos a comer unos tostones. De repente se estaciona una moto, una Goldwing, que son grandísimas, y se baja un tipo en bermudas, sin camisa y con un chaleco como de tránsito. Era un canadiense en México. Nos pusimos a hablar con él y nos hizo preguntas sobre Latinoamérica porque iba para allá.  Resulta que el tipo era escritor. De repente nos dice que estaba viajando con su mamá y vemos a una señora sentada en la moto. Ella tenía ochenta y cuatro años y sufría demencia senil. Ya estaba perdiéndose mentalmente, pero físicamente estaba perfecta. Él le quería regalar  una última vuelta al mundo y nos dijo: “No sé hasta dónde vamos a llegar. Queremos llegar hasta Argentina y capaz lanzar la moto a Australia”. Era una situación muy arrecha. Hubo un momento en que la señora le dijo: “Si tú no quieres ir a la Patagonia, me voy sola”.  Y arrancó a caminar. Él La persiguió y la trajo cargada. El pana tenía una paciencia impresionante para tratar a su mamá. Me acuerdo de ese momento… y nosotros quejándonos con veinte, veintiún años. ¿Qué huevonada es?

Carlos: Nos impactó mucho que nosotros viajamos con nuestros trajes, nuestras botas, cascos, con todo, y el tipo llevaba puesto nada más que unos bermudas y unos zapatos de goma.2-zihuatanejo-mexico

Con respecto al tema gastronómico, ¿qué fue lo que más le gustó? ¿Algún sitio específico que les haya gustado más que otro para comer?

 

Carlos: En la frontera entre Ecuador y Perú, llegamos a la aduana y nos recomendaron ir a Tumbes, que es un pueblo fronterizo. Llegamos al hotel y nos dicen: “Les recomendamos fuertemente que no salgan, es inseguro. Pueden comer aquí o también está aquel restaurante en este mismo edificio, pero, si no les importa correr el riesgo, pueden ir a este otro restaurante”. Nos explicaron la dirección y al llegar vimos un cartel que decía “El Brujo”, y empezamos a subir unas escaleras… la verdad no comimos mejor comida peruana en ninguna otra parte del Perú.

LA MAYORÍA DE NUESTRA GENTE ES BUENA”.

El continente americano está dividido en tres regiones: Norte, Centro y Suramérica. ¿La gente se distingue muy radicalmente según la región en la que vive?  Y siendo más específicos, ¿cómo está Venezuela respecto al resto del continente?

Carlos: Creo que la gente como tal, es la misma. Lo que puede cambiar son otras cosas. Como países, en cuanto a las infraestructuras, sí se notan las diferencias. Sobre todo en Centroamérica, que es un mundo totalmente distinto comparado a Norteamérica o Suramérica. Pero dentro de todo, Latinoamérica está un mismo renglón. Dejando a un lado el español, hay algo en común que nos define, y yo creo que es nuestra ineficiencia. Compartimos muchas carencias.

Juan: Pasamos por quince (15) países. Distintos idiomas, acentos… distintas culturas.  Y en todos ellos, había gente dispuesta a ayudarnos sin esperar nada a cambio. Lo que me lleva a pensar que la mayoría de nuestra gente es buena,  es un pequeño porcentaje la que nos jode. Venezuela es rica en muchos sentidos, pero nos hemos quedado atrás. Y ni siquiera estoy comparándola con Canadá o con Estados Unidos, no. La estoy comparando con  países como Colombia, Ecuador y Chile. Me parece que esos países están avanzando y van pa’ lante. Nosotros nos estamos quedando atrás.

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¿Estas diferencias se hicieron notar en los procedimientos fronterizos?

 

Carlos: En Panamá nos pasó que tuvimos que cruzar en avión y enviar las motos en barco por el Tapón de Darién, que es una selva entre Colombia y Panamá. Llegamos a la aduana, y era un viernes. Siendo el centro de intercambio comercial “más arrecho del mundo” y donde llegan aviones por coñazos todos los días, los panas no sabían llenar los trámites, y  el que sabía, se había ido. Al final tuve que llegar yo con otra señora a llenar el registro aduanero y descifrar su sistema porque ellos no lo conocían.

Juan: En Nicaragua fue un peo también. Un desastre la desorganización.

Carlos: Sí. De repente tenías que ir a una casita al lado de la carretera y firmabas tal papel. Después, agarrabas una moto, cruzabas la frontera y firmabas algo ahí para luego cruzarla de nuevo y terminar el proceso en la primera casita. Ese tipo de cosas demuestran que las fronteras no están preparadas para absolutamente nada, y que por ahí deben pasar cosas y cargamentos de todo tipo.

Algunas personas suelen ver este tipo de viajes como una locura sin trascendencia, ¿cuál sería el mensaje de ustedes a las personas que piensan así?

Juan: En el primer viaje, sí nos veían como locos. En el segundo, ya sabían de lo que se trataba y la recepción de la gente fue impresionante. Todos los días en Instagram, una señora que vivía en el Táchira, ponía cosas como: “Ustedes son una inspiración para nosotros”. Por otro lado, un pana, me acuerdo que puso: “Hermano, ahora pongo una alarma todos los días a las tres de la mañana porque quiero saber qué pasa con su viaje”.

Podrá sonar como Maickel Melamed pero es así. Muchas veces la gente tiene miedo a afrontar lo que realmente está buscando en su vida, pero te vas conociendo y vas midiendo tu capacidad. Al final los límites se los pone uno, sea en lo que sea.

-Carlos añade-

Carlos: Eso era una preocupación para nosotros dada la situación que atraviesa el país. No queríamos que la gente se lo tomara de mala manera por eso, sino más como la experiencia. Y la verdad, es que la gente que se ha acercado o ha comentado en redes sociales siempre ha sido muy positiva. Una vez un pana de Puerto Píritu, con el que compartíamos la pasión por las motos, nos siguió en Instagram, de hecho taggeaba a sus panas en las fotos que publicábamos y les preguntaba: “¿Cuándo nos vamos a lanzar este viaje?”.

La pregunta queda abierta para todo aquel que quiere vivir una aventura como ésta y no se atreve.

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Instagram: @CaracasAlaska

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